KEREN HAYESOD

Enfrentar la realidad

Por Roberto Avram

Sheliaj de Keren Hayesod Chile

2025 no fue un año de estadísticas. Fue un año de decisiones, de comunidad y de

presencia.

Hay momentos en que Israel parece lejos, y momentos en que entendemos que no lo está

en absoluto. El 2025 fue un año que nos obligó a mirar la realidad de frente. Nuevamente, el

antisemitismo dejó de ser una conversación incómoda para transformarse en una

experiencia concreta, visible y dolorosa.

El atentado en Bondi Beach, en Sídney, fue uno de esos momentos que nos golpeó como

pueblo. No ocurrió en Israel. Ocurrió en la diáspora. Y aun así nos atravesó de la misma

forma: como comunidad, como identidad, como historia compartida.

Ese es el contexto en el que debemos entender lo ocurrido durante el último año.

Porque mientras el mundo discutía, Israel respondía. Y mientras Israel resistía, el pueblo

judío actuaba.

A través de Keren Hayesod —y gracias al compromiso de miles de donantes en todo el

mundo, también en Chile— fue posible responder donde más se necesitaba y cuando más

se necesitaba. No en la teoría sino en la vida real. En 2025, más de 29.000 familias recibieron asistencia directa a través del Fondo para Víctimas del Terror; se realizaron 6.879 sesiones terapéuticas para víctimas; 2.100 niños participaron en programas de contención y respiro; y se habilitaron o renovaron 127 espacios protegidos en todo el país.

El apoyo se extendió a 44 hospitales y centros médicos, 31 municipalidades y más de 35

organizaciones sociales, alcanzando a miles de personas afectadas por la guerra.

Al mismo tiempo, Israel siguió siendo hogar. En 2025 llegaron 22.270 nuevos olim desde

más de 40 países, se activaron 22 centros de absorción, 6.845 personas ingresaron a

programas de integración y 2.200 nuevos inmigrantes que llegaron solos recibieron apoyo

específico para comenzar su vida en el país.

Dentro de Israel, la red social siguió funcionando: 19.268 jóvenes en riesgo participaron

en programas de fortalecimiento, más de 7.500 adultos mayores fueron acompañados en

hogares Amigour, se distribuyeron 10.000 canastas de alimentos y más de 3.000

sobrevivientes del Holocausto recibieron apoyo emocional y personal. Y fuera de Israel, el vínculo con la diáspora se mantuvo firme: 20.000 jóvenes participaron en programas educativos, 210.000 ex participantes de Masa continuaron involucrados en iniciativas comunitarias, se desarrollaron más de 250 actividades globales durante la guerra y se fortaleció la seguridad de 60 comunidades judías en seis continentes.

Nada de esto ocurre solo. Ocurre porque hay personas que deciden involucrarse, porque

hay donantes que entienden que la responsabilidad es compartida y porque hay quienes

transforman la preocupación en acción.

Por eso, este artículo es también un agradecimiento: A quiénes han estado, han sostenido y

han entendido que donar no es un gesto puntual, sino una forma concreta de proteger vidas, reconstruir comunidades y asegurar el futuro del Estado de Israel.

Pero el 2026 será un año crítico: la rehabilitación del norte de Israel, el acompañamiento a

las comunidades del sur y la recuperación emocional de miles de familias seguirán

requiriendo recursos reales, continuidad y compromiso sostenido.

Y aquí es importante ser claros: nada de lo que ocurre hoy en Israel en términos de ayuda

directa, la aliá, la reconstrucción social y la seguridad comunitaria sucede sin

financiamiento. Y ese financiamiento no viene de los gobiernos. Viene de personas.

De personas que deciden donar.

Keren Hayesod ha sido, durante más de un siglo, la herramienta colectiva del pueblo judío

para sostener a Israel en sus momentos más desafiantes. Hoy esa misión no solo continúa:

se vuelve indispensable. Donar no es un gesto simbólico, es contribuir como un impuesto

convertido en un deber colectivo y es una decisión concreta que permite que la ayuda llegue a tiempo, a escala y donde más se necesita.

Y aquí aparece la pregunta más importante.

¿Qué rol jugamos nosotros?

No como espectadores de la historia, sino como parte de ella.

No desde la distancia, sino desde la responsabilidad compartida.

Ser comunidad hoy significa algo distinto a lo que significaba hace unos años.

Significa involucrarse, informarse y participar, y, sobre todo, sostener.

Porque el impacto real no ocurre cuando termina una campaña sino cuando una familia

vuelve a levantarse, cuando un joven encuentra sentido, cuando alguien decide que Israel

sigue siendo su hogar.

Y ese impacto —nos guste o no— depende de nosotros.

La historia del pueblo judío siempre ha sido una historia colectiva, y el 2025 nos recordó

que, incluso en los momentos más complejos, seguimos teniendo la capacidad de

responder juntos. La pregunta ahora no es qué ocurrió el año pasado. La pregunta es qué haremos nosotros este año.