Durante décadas, América Latina fue considerada una región donde las comunidades judías podían desarrollarse con relativa estabilidad. A diferencia de otros continentes marcados por guerras, expulsiones o persecuciones sistemáticas, la experiencia latinoamericana estuvo asociada —con matices y excepciones— a la integración y la convivencia. Sin embargo, en los últimos años, y con mayor intensidad tras cada escalada en Medio Oriente, el antisemitismo volvió a instalarse en la conversación pública. No siempre de manera explícita. No siempre con los símbolos del pasado. Pero sí con una fuerza que preocupa.
El fenómeno no aparece necesariamente bajo la forma tradicional del prejuicio religioso o racial. Hoy el antisemitismo rara vez se presenta como una consigna frontal contra “los judíos”. Se disfraza de activismo político, se diluye en discursos de antisionismo radicalizado, circula en redes sociales bajo el paraguas de la opinión o aparece camuflado en análisis aparentemente académicos que repiten viejos estereotipos con nuevo lenguaje. Cambia la forma, pero no el fondo.
Las cifras internacionales acompañan esta percepción. Diversos organismos de monitoreo han registrado aumentos sostenidos de incidentes antisemitas en distintas regiones, incluida América Latina. Amenazas digitales, vandalización de espacios comunitarios, discursos públicos que reproducen teorías conspirativas y un crecimiento notorio del odio en redes sociales forman parte de un patrón que se repite tras cada crisis internacional vinculada a Israel.
Lo que ocurre a miles de kilómetros se traduce rápidamente en tensiones locales.
Chile no está ajeno a este fenómeno. El debate público sobre Medio Oriente es particularmente intenso en un país que alberga una de las comunidades palestinas más grandes fuera del mundo árabe y una comunidad judía históricamente integrada a la vida nacional. Esa coexistencia, que podría ser un ejemplo de pluralismo, muchas veces se ve tensionada por la polarización global.
Criticar decisiones del gobierno israelí es parte del debate democrático. El problema surge cuando esa crítica deriva en deshumanización, negación del derecho a existir del Estado judío, utilización de símbolos históricos antisemitas o ataques directos contra judíos chilenos por decisiones que no les pertenecen. Cuando se responsabiliza colectivamente a una comunidad local por conflictos internacionales, la línea ya fue cruzada.
En los últimos años se han observado episodios en redes sociales donde comentarios cargados de estereotipos sobre poder, dinero o lealtad dual se viralizan sin mayor cuestionamiento. También se han registrado manifestaciones públicas en las que consignas políticas incluyen expresiones que exceden la crítica y se convierten en ataques identitarios. Cada uno de estos hechos, aislado, puede parecer menor. En conjunto, construyen un clima.
Ese clima impacta en la vida cotidiana. Estudiantes que prefieren no mencionar su identidad en ciertos espacios académicos. Profesionales que evitan debatir en sus lugares de trabajo. Padres que explican a sus hijos por qué es mejor no responder determinados comentarios en redes.
La autocensura, muchas veces silenciosa, se convierte en un mecanismo de protección.
Las redes sociales se transformaron en el principal campo de batalla. Allí, un post con información falsa puede viralizarse en minutos. Los algoritmos priorizan el contenido que genera mayor reacción emocional, y el odio suele ser altamente eficaz para captar atención. Videos fuera de contexto, imágenes antiguas presentadas como actuales, cifras manipuladas y comparaciones históricas extremas circulan con rapidez. La llamada “guerra mediática” ya no es patrimonio exclusivo de grandes cadenas internacionales; se libra en cada celular.
En este escenario aparece otro elemento que preocupa en América Latina: el uso político del conflicto. En distintos países de la región, líderes enfrentados a crisis económicas, escándalos de corrupción o caídas en su popularidad han recurrido a posicionamientos extremos en política exterior como forma de consolidar apoyos internos o desviar la atención de problemas locales. Convertir a Israel —o al “sionismo”— en símbolo de todos los males ofrece un enemigo externo conveniente.
No es un fenómeno nuevo en la historia política mundial. Polarizar hacia afuera para cohesionar hacia adentro ha sido una estrategia utilizada en múltiples contextos.
Cuando las tensiones sociales crecen y la ciudadanía exige respuestas concretas, señalar un conflicto lejano puede funcionar como cortina de humo.
El riesgo es que, en ese proceso, se alimenten discursos que terminan afectando a comunidades locales que nada tienen que ver con decisiones gubernamentales extranjeras.
La instrumentalización política del conflicto tiene consecuencias reales. Legitima narrativas simplificadas, profundiza la polarización y, en algunos casos, normaliza expresiones que hace algunos años habrían generado un rechazo transversal. Cuando figuras públicas utilizan comparaciones históricas distorsionadas o recurren a consignas extremas, el efecto multiplicador es inmediato.
Frente a este escenario, surge la pregunta sobre qué hacer. Cuando una persona se cruza con un post antisemita en redes sociales, la reacción instintiva suele ser responder con indignación. Sin embargo, actuar estratégicamente resulta más efectivo. Las plataformas digitales cuentan con herramientas para denunciar discurso de odio. Registrar capturas de pantalla y reportar contenido ofensivo ayuda a establecer límites. Informar a organizaciones comunitarias permite monitorear patrones y dimensionar el problema.
Denunciar no es censurar el debate. Es defender reglas básicas de convivencia. Al mismo tiempo, la respuesta no puede limitarse a lo reactivo. Combatir la desinformación requiere presencia activa: compartir información verificada, promover educación histórica, fomentar pensamiento crítico y sostener conversaciones responsables incluso cuando son incómodas.
El antisemitismo no es sólo un problema judío. Es un termómetro democrático.
Cuando el discurso de odio contra una minoría se normaliza, el deterioro institucional rara vez se detiene allí. La experiencia histórica demuestra que las sociedades que permiten la propagación de estereotipos y teorías conspirativas terminan erosionando sus propios fundamentos.
América Latina enfrenta hoy múltiples desafíos: desigualdad persistente, crisis de confianza en las instituciones, tensiones migratorias y polarización política. En ese contexto, la tentación de simplificar conflictos complejos y buscar culpables externos es fuerte. Mantener la claridad conceptual es fundamental: criticar políticas de un gobierno es legítimo; responsabilizar colectivamente a una comunidad o reproducir prejuicios históricos no lo es.
Chile ha construido su identidad contemporánea sobre la base de la diversidad.
Comunidades de distintos orígenes han aportado al desarrollo económico, cultural y social del país. Preservar esa convivencia exige un compromiso activo con el respeto y la verdad.
El antisemitismo del siglo XXI no siempre grita; a veces susurra. No siempre se manifiesta en violencia física; muchas veces erosiona con palabras, imágenes y narrativas persistentes. Identificarlo requiere información. Enfrentarlo exige valentía cívica. Y prevenir su avance demanda involucramiento.
Permitir que la mentira circule sin respuesta tiene un costo. No sólo para la comunidad judía, sino para el tejido social completo. Cuando la desinformación se instala, el daño se siente en las aulas, en los trabajos, en las redes y en la vida cotidiana.
Frente a ello, la respuesta no puede ser el repliegue ni el silencio. Debe ser el compromiso democrático, la educación y la participación activa. Porque la convivencia no se sostiene sola: se construye y se defiende cada día.
RECUADRO 1
ANTISEMITISMO EN CIFRAS
El fenómeno no es percepción: los datos muestran una tendencia sostenida al alza en la región y el mundo.
46 % de los adultos en el mundo sostiene creencias antisemitas significativas, según el estudio Global 100 de la Anti-Defamation League (ADL), que encuestó a más de 58.000 personas en 103 países.
Chile alcanza un 45 % de índice de actitudes antisemitas, ubicándose entre los niveles más altos de América Latina, de acuerdo con la misma medición.
En 2024 se registraron más de 6.300 incidentes antisemitas a nivel global, lo que representó un aumento superior al 100 % respecto del año anterior, según reportes internacionales recopilados por la ADL.
El monitoreo digital de millones de publicaciones en redes sociales detectó que casi 1 de cada 5 contenidos vinculados a “lo judío” en la red X (antes Twitter) contenía mensajes antisemitas, reflejando el rol central de las plataformas digitales en la propagación del odio.
La Congreso Judío Latinoamericano y la ADL impulsaron la iniciativa ALAS (Alianza Latinoamericana para Combatir el Antisemitismo), que articula a legisladores y líderes regionales para promover educación, legislación y políticas públicas contra el discurso de odio.
RECUADRO 2
¿VISTE UN POST ANTISEMITA? ASÍ PUEDES DENUNCIARLO
Si te encuentras con mensajes antisemitas en redes sociales, puedes actuar de forma simple y efectiva:
1. No lo compartas
Aunque sea para criticarlo, compartirlo ayuda a que se viralice.
2. Haz una captura de pantalla
Guarda evidencia con fecha y nombre de usuario, por si luego necesitas denunciarlo formalmente.
3. Repórtalo en la plataforma
En Instagram, Facebook, X o TikTok:
Haz clic en los tres puntos del post o perfil.
Selecciona “Denunciar”.
Marca la opción “Discurso de odio” o similar.
Las redes prohíben ataques por religión o etnia; entre otras cosas. Con alrededor de 15 denuncias, la plataforma comienza a analizar el contenido para bajarlo.
4. Si hay amenazas, denuncia
Si el mensaje incluye amenazas o incitación a la violencia, considera informar a instituciones como la OSC en Chile.






