A partir de sus puntajes nacionales en la Prueba de Acceso a la Educación Superior (PAES) 2025, conversamos con Yael Mayerson, Francisca Fuentes y Susana Oppenheimer sobre sus historias, sus sueños y cómo la educación judía marcó su camino hacia la excelencia académica.
Por: Gabriel Koenig
El pasado 5 de enero de 2026 se dieron a conocer los resultados de la Prueba de Acceso a la Educación Superior (PAES), el examen nacional que evalúa las competencias y conocimientos de estudiantes de enseñanza media para el ingreso a las universidades, y que reemplazó a la antigua PSU.
Como cada año, la publicación de los resultados de esta prueba marca un hito para miles de jóvenes en Chile. No se trata solo de números ni de rankings: para muchos estudiantes, es el cierre de una etapa larga y exigente, y el inicio de un camino lleno de decisiones, expectativas y preguntas sobre el futuro.
Dentro de ese contexto nacional, los resultados obtenidos por distintos colegios de la comunidad judía destacaron nuevamente. En particular, el Instituto Hebreo se ubicó entre los diez mejores establecimientos del país, alcanzando el sexto lugar a nivel nacional y logrando 25 puntajes nacionales, incluyendo 2 dobles puntajes nacionales, en una generación de 89 estudiantes, es decir, casi el 28% de la generación 2025 obtuvo el puntaje máximo en al menos una de las pruebas rendidas.
De esta manera, el Instituto Hebreo superó el desempeño alcanzado en 2024, cuando se ubicó en el puesto número 26 a nivel nacional, al obtener un total de 22 puntajes nacionales, entre ellos tres puntajes máximos dobles.
Por otro lado, el Maimónides School, con solo 9 alumnos rindiendo el examen, logró 2 puntajes nacionales en esta edición, mientras que el Colegio Hebreo de Viña del Mar obtuvo 1, posicionándose además en el octavo lugar a nivel regional.
Sin embargo, más allá de los números, estos resultados invitan a una pregunta más profunda: ¿Qué hay detrás de un puntaje nacional cuando la formación se construye desde la educación judía?
Conversamos con Yael Mayerson, Francisca Fuentes y Susana Oppenheimer, puntajes nacionales del Instituto Hebreo, Colegio Hebreo de Viña del Mar y Maimónides School respectivamente, para conocer cómo la educación judía, el acompañamiento docente y la vida en comunidad influyeron en sus trayectorias académicas y en la forma en que proyectan su futuro.
Yael Mayerson: Puntaje Nacional en Matemáticas M1 y Ciencias
Cuando Yael Mayerson vio su puntaje en la PAES 2025, la reacción fue inmediata y espontánea. “No lo podía creer”, recuerda. Estaba sola cuando revisó los resultados y, apenas los leyó, salió emocionada a contárselo a su familia.
Para ella, este resultado no es un hito aislado ni fruto exclusivo del estudio individual. Por el contrario, lo asocia directamente al acompañamiento constante que recibió durante su etapa escolar en el Instituto Hebreo.
“Este puntaje no lo habría podido alcanzar sin los morim que me acompañaron, no solo desde el contenido, sino también con el apoyo que nos brindaron durante este año tan complejo”, señala.
En un período especialmente exigente, destaca la cercanía y la dedicación de sus profesores como un factor clave para sostener la motivación y la confianza.
Ese acompañamiento, explica, no se limitó a la preparación para la prueba. Fue un proceso más profundo, donde el colegio le entregó herramientas para creer en sí misma y enfrentar los desafíos con convicción. “Siento que sin esa dedicación constante y la cercanía que tuvieron con nosotros, los resultados reflejados no habrían sido los mismos”, afirma. En ese sentido, Yael identifica un sello propio de la educación que recibió: la combinación entre exigencia académica y contención humana.
Al reflexionar sobre lo que más la marcó de su paso por el colegio, Yael pone el acento en un valor que considera central: la confianza en uno mismo. “Creo que el valor más importante que me dejó el colegio es la convicción de que, aunque las cosas a veces no sean fáciles, todo es posible si uno le pone esfuerzo y ganas a lo que hace”, comenta. Esa seguridad personal fue, para ella, tan determinante como los conocimientos adquiridos al momento de enfrentar la PAES.
En su relato, el judaísmo aparece como una base formativa transversal, que va más allá del aula. “Lo que a mí me dejó la educación judía es aprender a ser una persona resiliente, algo con lo que nos han educado desde chicos y que ha sido un pilar muy importante a lo largo de la historia judía, y que yo quiero llevar a la práctica en mi día a día”.
Esa formación se vio reforzada por su participación activa en la vida comunitaria. Yael forma parte de Tzeirei Ami y ha sido madrijá durante los últimos dos años, experiencia que considera fundamental en su desarrollo personal. “Para mí la tnuá es una de las cosas más importantes que tengo”, explica. Allí aprendió a desenvolverse con seguridad, a liderar y a confiar en sus capacidades, habilidades que resultaron clave al momento de rendir la prueba. “Siento que me ayudó mucho a tener la confianza que tuve al momento de dar la PAES”, agrega.
Mirando hacia el futuro, Yael se proyecta con tranquilidad y apertura. Su plan inmediato es ir a Shnat Hajshará, y pasar su primer año de egresada en Israel. Respecto a la universidad, aún no tiene una decisión definitiva, pero vive esa incertidumbre como una oportunidad. “Gracias al apoyo de mi familia, del colegio y a mi propio esfuerzo, tengo muchas opciones y caminos por elegir”, afirma.
Francisca Fuentes: Puntaje Nacional en Matemáticas M1
Francisca Fuentes recuerda con claridad el fin de semana previo a la publicación de los resultados de la PAES 2025. Estuvo nerviosa, aunque sentía que le había ido bien. Aun así, decidió no revisar los puntajes apenas se publicaron. “Prefería dormir y revisarlos sola cuando despertara tranquila”, cuenta. El plan, sin embargo, duró poco. Su mamá no logró aguantar la ansiedad y terminó despertándola minutos después de las ocho de la mañana del lunes 5 de enero, momento en que se publicaron los puntajes en el sitio web del Departamento de Evaluación, Medición y Registro Educacional (DEMRE).
Francisca le pidió que revisara los resultados sin decirle nada, pero fue ella misma quien rompió el silencio. “Le pregunté: ‘¿Saqué nacional?’, porque tenía ese presentimiento con M1”, recuerda. La respuesta llegó en una mirada y en un “sí” que cambió por completo ese momento. “Ahí se nos pasó el sueño a las dos. Estábamos tan felices que terminamos despertando a mi hermano para contarle”, dice.
Al mirar su proceso, Francisca identifica que el principal desafío no estuvo en los contenidos, sino en el manejo de los nervios. Matemática 1, prueba de competencia matemática obligatoria para todas las carreras, siempre fue su fuerte, y justamente por eso sentía una presión mayor.
“Sabía que podía hacerlo, pero igual los nervios estaban ahí”, explica. Más que saber, agrega, el desafío fue confiar: “Para mí, lo más difícil de la prueba no fueron las matemáticas, sino la mente”.
Esa confianza se construyó a lo largo de los años gracias a la formación recibida en el Colegio Hebreo de Viña del Mar. Si bien asistió a un preuniversitario en lenguaje y matemáticas, decidió no hacerlo en ciencias para no sobrecargar su último año escolar. Aun así, obtuvo más de 800 puntos en esa prueba, logro que atribuye directamente a sus profesores. “Gran parte de eso se lo debo a los profes del colegio”, señala.
Recuerda especialmente a su profesora de biología, quien los impulsaba a ir más allá del contenido y a comprender en profundidad. “Nos hacía relacionar ideas, entender de verdad, y creo que eso me ayudó muchísimo en la PAES”, comenta. También destaca el rol de la profesora de lenguaje, quien, desde cursos muy tempranos, les enseñó a leer de manera crítica y reflexiva. En matemáticas, valora el ambiente de aprendizaje: “Los profes generan un ambiente muy cómodo para aprender, y eso al final marca la diferencia”.
Más allá de lo académico, Francisca subraya el impacto del judaísmo en su formación personal. Aunque no es judía, siente que esa educación influyó profundamente en su manera de actuar. “La exigencia nunca disminuye, pero cambia un poco la lógica: no todo pasa por la competitividad”, explica. Para ella, el judaísmo enseñó a mirar al otro no como un rival, sino como alguien de quien se puede aprender.
Las instancias de reflexión, las conversaciones sobre la historia judía y los conceptos valóricos fueron ampliando su mirada del mundo.
“El concepto de Tikun Olam siempre me hizo mucho sentido: la idea de mejorar el mundo y de que uno puede ser un agente de cambio”, afirma.
Esa visión quedó reflejada incluso en el discurso de graduación que escribió junto a sus compañeros, donde destacaron que, más allá de las diferencias religiosas, compartían valores comunes como la empatía, el respeto y la preocupación por el prójimo.
Si bien no participó directamente en tnuot, Francisca siempre se sintió cercana a la vida comunitaria a través de sus amistades. “Siempre me he sentido muy rodeada por el judaísmo”, dice, recordando celebraciones, actividades escolares y experiencias compartidas que fortalecieron su sentido de pertenencia desde un lugar distinto, pero significativo.
Hoy, Francisca proyecta su futuro en la universidad, con el objetivo de estudiar medicina. Para ella, ser una buena doctora implica una mirada humana y cercana. “Que mis pacientes se sientan acompañados, escuchados y que puedan entender lo que les pasa”, señala. En ese camino, asegura que la formación académica y valórica recibida en un colegio judío seguirá siendo una base fundamental.
Susana Oppenheimer: Puntaje Nacional Matemáticas M1
En una generación pequeña, donde cada estudiante cuenta, Susana Oppenheimer vivió su proceso de preparación para la PAES 2025 de manera intensa, acompañada y muy consciente de lo que estaba en juego. Puntaje nacional del Maimónides School, su reacción al conocer el resultado fue tan simple como honesta: “Me emocioné, obviamente. Era la oportunidad para entrar a la carrera que quería”.
Desde un comienzo, su objetivo estuvo claro. Susana buscaba estudiar Medicina y, para ello, combinó la preparación escolar con un preuniversitario. Sin embargo, al mirar en retrospectiva, identifica con claridad qué fue lo más determinante para alcanzar ese resultado: “El apoyo a mi familia y el apoyo del colegio, 100%”.
Ese respaldo se expresó, sobre todo, en el día a día. En un establecimiento de pocos alumnos, el acompañamiento se vuelve personalizado y constante. “Como es un colegio chico, cada vez que quería una guía, cada vez que necesitaba más material, yo iba y podía pedir y me daban todo lo que quería. Los profesores todo el rato apoyándome. Si tenía dudas, podía ir a cualquier hora a hacerlas”, recuerda. En su caso, ese apoyo fue especialmente visible en matemáticas, donde recibió material adicional adaptado a sus necesidades y ritmo de estudio.
Más allá del aspecto académico, Susana destaca también la importancia de no reducir el año a una preparación exclusiva para la prueba. Durante cuarto medio continuó participando activamente en espacios comunitarios, dirigiendo en Maguén Hador. Para ella, ese equilibrio fue clave para sobrellevar la exigencia del proceso. “Es muy fome el proceso, si somos sinceros. Entonces es una forma de hacer algo más entretenido y distraerte, porque dedicarse solo a la PAES es fregar tu salud mental”.
Además, reconoce que el judaísmo fue un apoyo emocional importante durante el año. “Tal vez buscar más a Dios, como una forma de sacar el estrés, de pedir ayuda, de desestresarse un poco. Porque es demasiado estresante el proceso”, explica.
Al mismo tiempo, reconoce que haber estudiado en un colegio judío la marcó profundamente: “Me marcó mi forma de ser. Me encantó ir a un colegio judío. Me marcó, es parte de mi personalidad ahora”.
Susana también valora el ambiente que se generó en su curso durante el último año escolar. De los quince estudiantes de la generación, solo nueve rindieron la PAES, lo que generó una dinámica distinta, más contenida y colaborativa. “Al final en el colegio se quedaron solo los que preparaban, entonces fue como una red de apoyo. La sala no era un ambiente 100% de estrés, era un ambiente rico, todos con el mismo objetivo”.
Hoy, con el proceso de postulaciones ya cerrado, Susana mira el futuro con tranquilidad. Quedó en la carrera y universidad que esperaba, y lo resume con sencillez: “Sí, era lo que esperaba. Gracias a Dios”.






