Se acercan las vacaciones y, casi sin darnos cuenta, empezamos a planificarlas. Pensamos en destinos, en fechas, en pasajes, en arriendos. En la playa o la montaña. En el descanso que necesitamos y merecemos después de un año intenso. Soñamos con parar un poco, cambiar de aire, compartir en familia, salir de la rutina. Y hacemos un esfuerzo —a veces grande— para que eso ocurra, porque entendemos las vacaciones como un espacio necesario, casi imprescindible, para recargar energía y volver a empezar.
Y está bien. Descansar también es cuidarse.
Pero en medio de esa planificación, rara vez nos detenemos a pensar en algo más profundo: en el enorme privilegio que significa poder elegir vacaciones. Poder salir. Poder pagar. Poder proyectar un descanso.
Porque mientras muchos pensamos dónde ir, hay otros que piensan cómo llegar a fin de mes. Mientras algunos contamos los días para desconectarnos, otros cuentan monedas para cubrir lo básico. Para muchas familias, las vacaciones no son una alternativa, ni siquiera un deseo postergado: simplemente no existen como posibilidad real.
Esa es una realidad que convive con la nuestra. A veces en la misma ciudad. A veces a pocas cuadras. A veces incluso dentro de nuestra propia comunidad.
No se trata de culpa. Se trata de conciencia.
Vivimos en una sociedad que, cada vez más, se fragmenta entre quienes pueden y quienes no. Entre quienes tienen redes de apoyo y quienes enfrentan solos las dificultades. Entre quienes logran sostenerse y quienes viven permanentemente al borde. Llegar a fin de mes, para muchos, no es una frase hecha: es una carrera constante, agotadora, que no da tregua.
Y ahí aparece una pregunta incómoda, pero necesaria:
¿qué pasaría si, en medio de nuestras vacaciones, pudiéramos compartir un poco de ese bienestar que tenemos?
No grandes gestos. No sacrificios imposibles. Pequeñas decisiones conscientes.
Tal vez estas vacaciones podríamos elegir comer un choclo menos en la playa. O ir una vez menos a un restaurante. O ajustar mínimamente un gasto. Y ese pequeño monto —que para nosotros casi no cambia la experiencia— puede significar mucho para otros.
Puede transformarse en una donación. En una ayuda concreta. En un respiro para una familia que vive con el corazón apretado, haciendo malabares para cubrir lo básico. En la tranquilidad de pagar una cuenta, comprar alimentos, enfrentar el mes con un poco menos de angustia.
Compartir no empobrece la experiencia. La enriquece.
Porque qué lindo es disfrutar de un descanso sabiendo que, al mismo tiempo, estamos ayudando a que otros vivan con un poco más de dignidad. Qué distinto se siente volver de vacaciones cuando no solo traemos fotos y recuerdos, sino también la certeza de haber hecho algo bueno por alguien más.
En Reshet vemos todos los días esas dos realidades. Vemos familias que necesitan apoyo para sostener lo cotidiano. Y vemos, también, una comunidad capaz de tender la mano, de mirar al otro, de hacerse cargo. Una comunidad que entiende que el bienestar individual no puede estar completamente desconectado del bienestar colectivo.
El judaísmo nos enseña que la tzedaká no es caridad: es justicia. Es responsabilidad. Es comprender que lo que tenemos no es solo para nosotros, sino también para compartir. No desde la superioridad, sino desde la empatía. Desde el reconocimiento de que todos podríamos estar del otro lado.
Estas vacaciones, quizás, podemos elegir algo distinto. Elegir no solo descansar el cuerpo, sino también ensanchar el corazón. Elegir volver con el alma un poco más liviana, sabiendo que ayudamos a que otros vivan con un poco más de calma.
Unos vuelven con el corazón contento.
Otros, gracias a ese gesto, pueden vivir con el corazón más tranquilo.
Y en ese equilibrio —entre disfrute y responsabilidad, entre privilegio y conciencia— tal vez encontremos una forma más profunda y verdadera de descanso.
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