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El salto hacia la Tierra Prometida

abril 15, 2017 12:52 am Categoría: Comunidad, Festividad, Judaismo

Se aproxima la festividad de Pésaj, (en hebreo פֶּסַח, “salto”), la celebración del salto que da el pueblo judío desde su sometimiento a Egipto: “Recordarás este día, en el que saliste de Egipto, de la casa de la esclavitud, porque la fortaleza de la mano de D-s te sacó de ese lugar” (Shemot -Éxodo- XIII:3). ¿En qué toca a cada judío, a cada ser humano, esta festividad?

Por León Cohen M., psiquiatra y psicoanalista

León Cohen, psiquiatra.

Nos toca en la experiencia de la esclavitud. ¿Qué es la esclavitud? No es acaso una serie de ritos, costumbres, una practicidad dictada por un poder superior con el fin de hacer ciertas cosas concretas: sembrar, cosechar, construir templos, atender a los seres dominantes. Una cultura basada en el miedo y, sobre todo, en la amenaza de ser destruido ante la negligencia, el error en el trabajo o la rebelión. Esta situación se vuelve tan dominante internamente que puede ser lograda por un poder armado precario, como pasaba con los miles de judíos a la llegada a los campos de concentración. El terror a la muerte posible que provoca la posibilidad del salto, paraliza el pensamiento y el impulso a la sobrevivencia, pues está alimentado por el terror egoísta de la muerte del individuo por sobre el triunfo del grupo.

El terror a la muerte posible que provoca la posibilidad del salto, paraliza el pensamiento y el impulso a la sobrevivencia”.

Lo paradojal de todo esto es que tal “salto” es una experiencia extraordinaria, pues la mente humana tiende por naturaleza a la esclavitud, es decir, a constituirse como una red de costumbres, ritos y patrones que hagan posible y prácticos los caminos mentales y neurológicos que conducen al deseo, búsqueda y logro de lo que necesita para sobrevivir en sus más diversas formas y modos. La mente trata rápidamente de optimizar los procesos haciéndolos más breves y económicos energéticamente. Por eso prefiere quedarse en espacios familiares donde ya sabe qué hacer, hace lo mismo y cada vez más breve. Tiene una compulsión a comportarse como una máquina. Y se adapta a la esclavitud. Por ello le asusta y se resiste al cambio. Es así más allá de la inteligencia y de la cultura. Sorprendentemente puede preferir el dolor masoquista a la angustia del salto al vacío.

¿Cómo un hijo da el salto y se rebela contra los padres? Lo ayuda la turbulencia de la adolescencia. ¿Cómo un empleado da el salto y confronta a su jefe, ya sea con una idea nueva, una protesta aireada o un alejamiento definitivo? Lo ayuda la desesperación de la impotencia. ¿Cómo un rebelde confronta y enfrenta a una autoridad injusta? Lo motiva la ideología y la épica de un grupo.

La mente prefiere quedarse en espacios familiares donde ya sabe qué hacer”.

¿Qué logra perturbar esa cultura esclavista y motivar el salto? En el Éxodo es la mano de D-s que lo saca de allí. Podemos imaginar la existencia de D-s en la sutil red que compone, activamente, nuestro cuerpo. Desde las profundidades de nuestro cerebro y nuestras vísceras emerge un monstruo furioso, desatado, lleno de frustraciones que en un momento superan la fuerza de la burocracia neuronal. Esta maquinaria inconsciente no sólo está compuesta de resentimiento y deseos de venganza sino que también de deseos de destrucción. Sin embargo, la esclavitud necesita más de lo mismo: una estabilidad. Su rigidez la hace compulsiva pero también, por lo mismo, frágil. El salto requiere de una poderosa motivación; va más allá de la patria e incluso de los familiares. Requiere del impulso de lo épico, lo heroico, lo glorioso. Para algunos, esto radica en la palabra del líder de la ideología. En otros, en la voz inefable y todopoderosa de un D-s impronunciable e inubicable, pero que es el padre que ha elegido a sus seres.

El salto requiere del impulso de lo épico, lo heroico, lo glorioso”.

Vivimos tiempos de esclavitud global con una característica nueva en la historia humana. Somos nosotros mismos los amos que nos esclavizamos, y en esa escena nos acomodamos bordeando la perversión sadomasoquista. El síntoma más explícito de esa falta de libertad es el cansancio planetario de todos los días, y la impotencia y el miedo a liberarnos de ello, ya que tendríamos que rebelarnos contra nosotros mismos.

El miedo a liberarnos es el terror a conocernos y cambiar”.

Ya pasaron los tiempos transparentes en que el enemigo era la burguesía, el capitalismo o el comunismo. Ahora somos nosotros mismos. El miedo a liberarnos es el terror a conocernos y cambiar. El salto hacia la tierra prometida del conocerse a uno mismo para poder dejar de cansarnos y volver a amar al prójimo.

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