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Daniela Roitstein: “Quiero ser la Philip Roth latinoamericana”

marzo 6, 2016 5:54 am Categoría: Comunidad, Cultura

Primer libro de la escritora, “Escote Masculino”, será lanzado a fin de mes por Pablo Simonetti. 

Por Gabriela Arditi Karlik

 

Daniela Roitstein.

Daniela Roitstein.

 Volar en un globo aerostático. Unos de sus sueños no cumplidos. Sin embargo, prefiere quedarse con la idea. Para ella, esquivar el despojo del deseo, sobre todo del no realizado, es detener el motor de la vida; eso que nos impulsa a más. 

Tal vez desde el aire lo de abajo le parecería insignificante, como el final de la película animada “Antz” cuando la cámara enfoca la colonia y se abre hasta el Central Park de Nueva York. No en vano “Z”, la hormiga protagonista, se desploma a veces sobre el diván de un terapeuta. Y claro: su voz es interpretada por Woody Allen…A Daniela Roitstein le gustaría también experimentar la vida en aquella ciudad. ¿Coincidencia?

Ha soltado anclas en varias ciudades: Jerusalén, Melbourne, Santiago. Pero no se cansa de deambular y expresarse en otros idiomas que “te hablan de otra cultura sin viajar”, señala. Efectivamente: hay palabras que no tienen el mismo significado sino en su lengua original. ¿Cómo traducir “butz”?; una de sus malas palabras detrás del volante, cuya verbalización se alterna dependiendo del grado de estupidez del conductor que las recibe en forma virtual y sólo gesticulada, porque no las escucha.

Conocer a García Márquez. Eso sí habría sido para Daniela Roitstein como la obtención de la copa del mundo para River, Hawthorn y la U, simultáneamente. “Dentro de los muchos escritores que admiro, él es inigualable, grandioso, genio, irrepetible”, califica, agregando que uno de sus pendientes es también retomar sus estudios judaicos para conocer a fondo el Talmud.

Y bueno, directa y frontalmente, quisiera “ser la Philip Roth latinoamericana”, confiesa entre ansiedad y ensoñación.

La foto de portada del libro la sacó tu hija, Constanza…

– Sí. Ella va a estudiar arte. Habíamos barajado alternativas en Buenos Aires, pero finalmente fue tomada en Santiago. Si te fijas el muchacho lleva colgado un Jai. Inicialmente quise que fuera un Maguén David, pero mi sabia madre me aconsejó lo primero. Se cae un poco en la producción familiar, ¿no?

 Y ¿quién es él?

– Algunos de ustedes lo conocen o tal vez no…Es una foto sugerente. Me gusta que el lector se imagine los personajes. Eso es lo más placentero y atractivo.

 Viaje interminable

 Ignacio Turinsky, el protagonista, está “desposeído”: de hogar, de hijos, de padre, de hermanos, de identidad. Dices que “necesitamos tragedias para despertar una emoción”. ¿Son los momentos agraces los que te permitieron escribir “Escote Masculino”?

– Cuando hacía talleres con Silvia Plager, escritora argentina y judía, yo siempre tenía una pregunta recurrente y genuina: ¿aquellos que describen tragedias, necesariamente tienen que vivirlas? Ella me decía que no. Hay muchos que han escrito de otras culturas sin haberlas vivido. No existe nadie que no haya pasado por experiencias duras. Uno ancla en ellas para sacar algunas historias, pero en mi escritura hay también mucho humor. Lo que más me inspira son las anécdotas. Soy una gozadora de las que surgen, por ejemplo, en una charla de café. Las anécdotas son la sal de la literatura; pueden ser un punto de partida para un viaje interminable. No es necesario vivir momentos terribles sino abrirse a las tragedias de los demás.

 Las anécdotas son la sal de la literatura”. 

Relatas en argentino, en judío, con modismos locales, palabras en yiddish y hebreo. ¿Es esto parte del “auto-encontrarte”?

– Cuando hicimos la edición tuvimos que discutir ese tema. Claramente el libro no podría haber sido escrito de otra manera que en argentino. Lo único que analizamos fue el manual de estilo: si le poníamos tilde a las palabras graves, o itálicas a aquellas en otro idioma, por ejemplo. Finalmente se decidió dejar llanura en el texto. Muchas veces se me cuela el “tú” al hablar, pero jamás al escribir. Y lo judío; es parte de mí, no necesariamente a la vista. Tiene que ver con una actitud. Eso no podría haber quedado oculto en la novela. Me habría salido inconscientemente. Lo judío está no como una postura sino con naturalidad; sin explicarse, sin justificarse. Las editoras no son ni argentinas ni judías, lo que me dio una gran luz verde y alivio. Cuando uno lee literatura de otras culturas hay términos que se escapan y eso no te impide disfrutar la experiencia. Cuando uno termina de leer “Escote Masculino”, es una experiencia global; no te vas a quedar en palabras que no entendiste. Tal vez despierta la curiosidad de investigar. Todas las minorías despiertan gran curiosidad.

El lenguaje directo, sin eufemismos, bastante sexual en algunos pasajes, revela una Daniela desconocida, “despeinada”, distinta a la que la gente conoce…

– Uno no se da cuenta de la imagen que transmite. Verte como te ven los demás es un camino de toda la vida. Lo divertido del escritor son los narradores. Quizás para las neurosis es buenísimo.

Hablando de eso, dices en la novela que “un judío sin neurosis es un infiltrado”…

– Todos tendríamos que mirarnos al espejo, pero Ignacio lo dice con cariño. Él se analiza toda la vida. He crecido escuchando de la neurosis. Parece que los judíos queremos tener los derechos de autor. Nos gusta tener la marca registrada en ciertas cosas.

Verte como te ven los demás es un camino de toda la vida”. 

El protagonista se transforma de imitador, en sus tiempos escolares, a ir en búsqueda de algunos de sus imitados, que terminan actuándolo a él; abriéndole los ojos. ¿Son los otros el vehículo hacia las verdades?

– Fui morá durante varios años. Una idea que se me ha quedado fijada es que cuando uno es profesor conoce al niño muy profundamente; conoce su esencia, que es muy raro que cambie. Siempre tuve esa idea que si de verdad quieres saber de una persona, tienes que preguntarles a sus profesores de la infancia. El docente tiene una posición privilegiada de conocer la esencia del ser humano. En cuanto a tu pregunta, depende de qué otros y a qué edades.

 Lo judío está en la novela con naturalidad; sin explicarse, sin justificarse”.

La narración ultra-detallada y el estilo de los diálogos, permiten al lector sumergirse en una especie de simulador; esas entretenciones de realidad virtual que hay en los parques de diversiones; vivir la historia casi en primera persona…

– Hay una gran parte de la escritura que me nace con mucha naturalidad. Soy una férrea defensora y creyente en la vocación, y la felicidad plena consiste en dedicarse a eso. Me surge con espontaneidad. He leído toda mi vida y eso también alimenta. Disfruto mucho observando. Mi mamá decía que mi abuelo había ejercido todos los trabajos, pero lo que más le gustaba era sacar su silla a la calle y observar. Uno aprende también de otros escritores; de sus recursos, y en los talleres. Con todo eso se va aprendiendo a limar las fortalezas.

“Vínculo a-etario”

El antagonista, Víctor Saltzman, traduce la palabra “ayuda”, de la cual tanto necesita el protagonista, del latín: “hacia la juventud”. Ignacio se reinicia; como los computadores cuando quedan pegados o en pausa. Él viaja hacia atrás porque está, como describes, “sediento de verdades”. Víctor se va apagando; viaja hacia adelante, le hereda a su mejor amigo, literalmente, la vida. Háblame de esta dicotomía…

– Lo que más rescato de este dúo, que se fue dando a medida que iba escribiendo, es la amistad, por más cliché que suene. Creo que lo masculino tiene mucho que enseñar a lo femenino en este tema, y eso queda reflejado en el vínculo de ambos. También creo mucho en las amistades que no comparten edad; con muchos años de diferencia, donde el mayor gana juventud y el menor, aplomo.

Para saciar su sed por las verdades, Ignacio se vincula con el color verde. ¿Del desmoronamiento a la esperanza?

– El personaje al cual aludes realmente existe, pero se vestía de marrón. Como es un color con mala fama, que se asocia con cosas feas, no quise usarlo. Curiosamente hay mucho verde en la novela, pero su elección fue absolutamente inconsciente.

Lo masculino tiene mucho que enseñar a lo femenino en el tema de la amistad”.

Ignacio se moviliza a pie o en transporte colectivo; gitanea de un lugar a otro. ¿El judío errante?

– Sí. Él es el judío errante. El judío, país en el que esté, se aferra, hace raíces, pero siempre, para poder aportar, una de esas raíces se transforma en antena. En los países que he vivido me llama la atención que una gran cantidad de gente nunca ha conocido a un judío. Eso hay que transformarlo en ventaja y en virtud. Uno es el judío errante porque también tiene una mochila de información que al otro le resulta curiosa. Parte del prejuicio es no conocer al judío común y corriente: al que le va bien, mal, se equivoca. Hace falta desterrar los prejuicios, pero también mostrarse tal cual uno es.

¿Tienen los nombres de los personajes ciertos significados?

– Ignacio es ignición. Hay otros nombres que obedecen a juegos familiares. Algunos nombres de los profesores se mantienen, como una suerte de homenaje, porque disfruté mucho el colegio, tanto el Bialik de Devoto como el Rambam que ya no existe. Era un secundario con mucha carga horaria tanto curricular como judaica. Tenía mucha mística. Para nosotros, los profesores eran semidioses.

Autocrítica exagerada

Abordas temas aún bastante tabús en Chile: aborto, infertilidad, homosexualidad, donación de espermatozoides, discriminación, infidelidad, soledad, vergüenza, enfermedad, inmigrantes. ¿Extrañas la soltura de tu país?

– Cuando entras a mi casa, muchas veces sientes que estás en Argentina. Vemos noticieros y documentales de la televisión argentina, yo veo canales argentinos y escucho una radio australiana. No tengo la oportunidad de extrañar porque hoy vivimos tele-transportados virtualmente todo el tiempo. Sí procuro todo el tiempo ampliar mi círculo social. Los chilenos, en tanto, son muy autocríticos; hay una conciencia de esta forma de ser contenida, y ese es un gran paso. El argentino se hace el canchero pero también tiene el caos y, si vemos, Chile ha llegado mucho más lejos a nivel país. Acá a la gente le cuesta ver las virtudes, siendo un país que tiene muchas; que su gente tiene muchas. Hay una hipérbole de la autocrítica.

En una de sus contadas visitas a la sinagoga, Ignacio le pide a D-s “saber quién soy”; que no le permita “recuperar mis viejas cosas”. Es decir, renacer. ¿Te renovaste en Chile, de alguna manera?

– Absolutamente, y si existiera una palabra más grande que “sí”, la diría. Concreté muchos sueños. Si bien ya había publicado muchos cuentos, ensayos y ganado premios, ahora publiqué una novela. El mundillo de los escritores es pequeño y segmentado, pero este defecto me benefició. Logré insertarme en ese mundo, en muy poco tiempo, de lo cual soy consciente y estoy eternamente agradecida. Llegar a la comunidad judía también me permitió moverme entre gente con mucho conocimiento y generosidad. Me muevo con un pie en cada uno de esos mundos.

Semidiosas

El tema de la maternidad es uno de los hilos conductores de la novela. ¿Forma parte de tus obsesiones?

– Obsesiones, no sé, pero sí de mis temas favoritos desde todo ámbito: el biológico, la adopción. Cuando me recibí de abogada quería dedicarme a esto último. Hay todo un tema de generosidad, de protección. Las mujeres somos semidiosas: por criar, trabajar y tanto más. Merecemos un capítulo aparte.

La maternidad es uno de mis temas favoritos”.

Ignacio crece escuchando a su madre decir “me voy a morir pronto”. ¿Qué peso tiene la culpa en ese sentimiento de querer correr sin poder avanzar, como experimentamos algunas veces en los sueños?

– Lo que dice su madre está basado en la realidad. La abuela de Sergio vivió hasta los 102 años y desde antes que él hiciera el Bar Mitzvá le decía que ella no iba a llegar a ese momento, que no lo vería graduado, casado, con hijos. Transformar el lamento y la culpa con humor, es un ingrediente que también puede ser un gran motor. El humor es un gran antídoto; un poderoso salvavidas. Lo más lindo del judío es la culpa con humor.

Lo más lindo del judío es la culpa con humor”.

 “Sonora o nada”= ¿carcaza y realidad?, ¿utopía y plenitud desde las cenizas?, ¿El destape del escote masculino?

– Los lugares comunes en el lenguaje me producen mucho escozor; un malestar incontrolable. En ese slogan hay un guiño hacia eso. Volviendo al principio, creo firmemente en la felicidad de aquellos que logran despertar la llama que los mantiene vivos. ¿Es el trabajo lo que hace feliz a Ignacio o tiene otros fuegos no explotados? Hay que zambullirse en la nada para resurgir; arriesgarse, arrojarse. Ojalá todos pudieran subirse al globo aerostático.

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