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Carla Guelfenbein: “Uno también escribe desde su fractura”

agosto 5, 2015 6:49 pm Categoría: Cultura

El jurado, presidido por el escritor Javier Cercas, señaló que la obra “Contigo en la Distancia” es una novela de suspenso literario donde la autora ha sabido entrelazar amores y enigmas con una pluma a la vez compleja y transparente.  En consecuencia, la escritora y bióloga chilena Carla Guelfenbein obtuvo el XVIII premio Alfaguara de Novela (marzo, 2015). Su quinto libro gira en torno a una reconocida escritora: Vera Sigall, quien repentinamente resbala por las escaleras de su casa y queda en estado de coma. Algo que podría ser un accidente natural en una mujer octogenaria, para su vecino, el arquitecto Daniel, simplemente no lo es. En 350 páginas, Carla Guelfenbein aborda los misterios del talento, del amor, de la muerte y de los orígenes de la existencia.

Por Ana Luisa Telias 

Carla Guelfenbein hoy está escribiendo una novela orientada a cautivar no sólo a adultos sino también al público juvenil.

Carla Guelfenbein hoy está escribiendo una novela orientada a cautivar no sólo a adultos sino también al público juvenil.

– Tu novela figura entre los libros más leídos en el país. Su protagonista, Vera Sigall, es de origen judío. ¿Cuánto valor se necesita para tocar temas tan propios en la sociedad chilena?

– Nunca estoy pensando en los lectores. Creo que esa es mi primera liberación. En mi primera novela, “El Revés del Alma”, escribí de tres voces femeninas y lo más lógico era quedarse en una zona confortable y seguir escribiendo de mujeres a un público femenino que me estaba siguiendo. Pero creo que la única manera de mantener a tus lectores fieles a ti es primero ser honesto con uno mismo. La decisión de tener una mujer judía es porque esa era la historia que yo quería contar. Este personaje surgió por Clarice Lispector, una escritora brasilera de origen ucraniano, judía, maravillosa, a quien vengo siguiendo desde los 18 años. Y cuando me encontré con su biografía me di cuenta que habían muchos aspectos de su vida que tenían relación con la de mi familia. Ambas provenían de Ucrania, habían huido de los pogroms; la familia de ella llegó a Brasil, la mía a Chile. Entonces, me surgió la idea de crear un personaje que tuviera una historia similar a la de Clarice que, a la vez, se unía con mi propia historia. Y era tan potente la energía que me tiraba este personaje para que constituyera toda la historia en torno a ella, que nunca me cuestioné que podía ser un problema. Ahora que lo dices, no siento que fui valiente ni nada, sino que era muy natural. Pero podría haber sido un experimento. Entonces, puedo seguir escribiendo sobre lo que quiero.

– La obra también está dedicada a tu madre, Eliana Dobry. ¿Podrías hablarnos de ella?

– Mi madre es clave en mi vida. Era una mujer muy inteligente, muy particular, profesora de filosofía en la Universidad de Chile. Hay mucho de mi madre en Vera porque era súper excéntrica, en el sentido que no iba con su época; iba más adelante. Era seguidora de los existencialistas de Francia. Tenía el pelo muy corto, andaba con beattle y jeans negro, zapatos planos, nada que ver a como andaban vestidas las madres de mis amigas en esa época, que usaban vestidos con botones. Conmigo era muy exigente en lo intelectual. Lo hizo bien porque el amor por la lectura, sin duda lo heredé de ella. Yo escribía desde niña y ella lo celebraba mucho.

 – ¿En qué te pareces a ella?

– Creo que en nada porque mi mamá no tenía mucha sensibilidad estética; la heredé de mi padre, que era arquitecto.  Él era quien decoraba la casa, el que tenía noción del diseño, construyó la casa en que vivíamos y tenía esa capacidad de poder ver el mundo externo. Mi mamá no la tenía. Estaba muy metida en su mundo interno. No sabía manejar; era poco práctica y era un poco incapaz de lidiar con la cotidianidad, igual que Vera. Lo hacía pero le costaba.

 – ¿Similar a Vera en la cocina?

– Pésima. Yo nunca la vi adentro de la cocina; nunca la vi cocinar algo.

 – ¿Estarías preparada para enfrentar la partida de tus hijos a otro país y vivir con ellos en la distancia?

– No. Me encanta vivir con ellos. Siento que es un tiempo tan valioso y que va a llegar el minuto en que van a querer volar. Mientras no quieran, gozo viviendo con ellos, a pesar de que tenemos vidas independientes, pero esa sensación de que todavía vivo en un núcleo familiar, que somos yo y mis dos niños, para mí tiene un valor gigantesco. En ese sentido, a pesar de que mi mamá no lo era, soy una mamá judía: me gusta protegerlos, regalonearlos, estoy todo el tiempo diciéndoles que lleven chaquetas y me encanta; siento que proteger a otro reconforta.

El verdadero ser

 – Si bien has dicho que puedes escribir desde el lugar de la vulnerabilidad, también señalas que tu intención a través de la escritura no es sanar tus propios procesos o heridas.  ¿Podrías aclararnos?

– En mis talleres, lo primero que les digo a mis alumnos es que para crear sus personajes deben  entender la fractura de ellos. Porque es desde la fractura de los personajes que surge su particularidad. Entonces, uno como escritor también tiene que escribir desde su fractura. Es como una grieta desde donde sale el verdadero ser; tu ser real. Entonces, ante el texto, evidentemente el escritor tiene que ser vulnerable; tiene que estar con el corazón y los sentimientos expuestos. Pero mi afán al escribir no es sanarme ni sanar a los demás porque lo que me interesa es escribir. No tengo fórmula y no quiero que mi literatura sea una literatura “formulística”. Siento que la función del escritor no es dar respuestas. Es justamente plantear preguntas. Mientras más perspicaz sea el escritor, las preguntas van a ser más precisas, más profundas y van a apuntar a cuestionar más la vida del lector. Tú cierras el libro y si te has quedado con infinitas interrogantes con respecto al universo, a ti mismo, quiere decir que este libro ha valido la pena.

– El personaje de Tania Calderón ¿está relacionado con los recuerdos y pesadillas que habrá tenido tu madre tras ser detenida por agentes de la dictadura chilena?

– Sí, es la hermana de Nissim Sharim, que hoy tiene 80 años y estuvo en la misma celda con mi madre. Ella también era profesora de la Chile, ambas judías. Las pescaron en la misma redada y las metieron en la misma pieza junto a otras seis mujeres.

– La persistencia de la memoria está muy presente en tu reciente obra, incluso en el desenlace. ¿Qué valor le asignas en tu vida?

– Está la memoria personal y la memoria colectiva. Desde lo personal, tengo pésima memoria. Por eso termino inventando todo. Casi nunca parto de hechos reales porque mi memoria personal es frágil en lo que respecta a fechas, pero me queda grabado el instante en que la persona iba caminando conmigo por algún lugar, por esa esquina, con esa luz. Esas miles de imágenes acumuladas no tienen un lugar en el tiempo pero son súper sólidas; son el material con el cual trabajo y me permite volar en el fondo porque no tengo una cabeza demasiado estructurada con respecto a la memoria. Ahora, la memoria colectiva es otra cosa; es absolutamente fundamental. Una nación, una comunidad, es su memoria, y sobre todo para el pueblo judío la memoria es lo que nos une alrededor del mundo a través de todas estas comunidades que están diseminadas todavía en la diáspora.

Miedos universales

Sus anteriores novelas son: "El resto es silencio", "Nadar desnudas", "La mujer de mi vida" y "El revés del alma".

Sus anteriores novelas son: “El resto es silencio”, “Nadar desnudas”, “La mujer de mi vida” y “El revés del alma”.

¿A qué le puede temer alguien que asume que la vida no es confortable, tampoco segura ni estática?

– A todo. Uno nunca termina de temer. Una de las cosas que he descubierto metiéndome en la conciencia de tantos personajes -llevo cinco novelas y en cada una hay mínimo tres personajes importantes en que estoy adentro de su conciencia, o sea, 15 personas- que conozco profundamente y son todos tan disímiles. Hay niños, mujeres, hombres, viejas. Y me encuentro con que básicamente todos le tenemos miedo a las mismas cosas: al abandono, a la soledad, a la incomunicación, al desamor, al maltrato, a la muerte, a la vejez, a la enfermedad. Esos miedos son universales. Cada vez le tengo menos miedo a la soledad porque cada vez mi mundo interior va creciendo. De hecho, cuando terminé esta novela me di cuenta que me gustaría llegar como Vera a esa edad; con esa tranquilidad frente al mundo, con esa seguridad, con ese espacio que ella construye para sí misma, en el cual se siente confortable y bien con ella, con el mundo y sola. No es una mujer que ha vivido desgraciada por estar sola. Y eso tiene mucho que ver con la etapa que yo, a mi edad (56), podría perfectamente vivir con mis personajes, mis historias y mi hacer que es tan rico.

– ¿Cuál es tu próximo desafío literario?

– En cada novela me he puesto una dificultad. Es un proceso consciente e inconsciente. Voy caminando lentamente hacia una prosa más limpia, pura, precisa, expresiva y exacta. Por eso me demoro como dos años en corregir las novelas. En el aspecto de la estructura, me interesa el mundo interior de los personajes. Lo más probable es que siga trabajando con este material: quiénes somos, cómo somos, cómo nos relacionamos, y buscando entregar historias con mayor profundidad. Una de las razones por las cuales me han traducido tanto es porque no es una literatura que refleje únicamente una sociedad chilena. De hecho, no me siento tan chilena como le debe pasar a la mayoría de los judíos de segunda generación. No es que estemos aquí hace cinco siglos. Entiendo todos los códigos pero viví varios años afuera y fueron años formativos importantes. Por supuesto que la historia trabaja en lugares de Chile, porque es mi historia y es lo que más conozco. Pero a excepción de esta novela, en todos mis libros hay lugares casi metafóricos. Empecé a escribir en noviembre una nueva novela para jóvenes que es también para adultos. Hace rato que quería escribir para un público de jóvenes. Pero desde que anunciaron el premio, no he tenido minuto para meterme adentro de la novela.

– ¿Cuál es el valor que le otorgas a los nombres de tus personajes?

– Vera se llamaba en un principio Eva. Fue mi novio quien me dijo que tenía que llamarse Vera. Sigall es el apellido de mi bisabuela, Emma Sigall. Daniel, me encanta. En este caso sí, los nombres tienen que ver con mi historia. Estoy constantemente jugando con mi texto, conmigo, haciendo guiños y quienes conozcan a Clarice Lispector van a poder ver cosas que un lector común no puede ver. Me encanta ir creando capas cada vez más ocultas y más profundas para que las vean diferentes lectores… hay miles de capas de entendimiento.

Hacia la luz

– En uno de los capítulos hablas de las coincidencias. ¿Crees en un destino trazado por D-s?

– Mi madre murió de cáncer a los 43 años; una mujer joven, inteligente, con tres hijos chicos, viviendo en Inglaterra. Si yo fuera creyente, la única manera de darle un sentido sería decir: D-s lo quiso así; Él sabrá por qué. Cuando no tienes la creencia de que hay un diseño, te quedas con la realidad dura y horrible de que las cosas ocurren y son injustas. Entonces, hay una necesidad humana de acudir a un orden supremo porque nosotros no lo entendemos, pero alguien lo entiende por allá arriba. Entonces, eso te ayuda a sanar tus heridas. Pero si no le das ningún sentido, es mucho más difícil.

Como en tu caso…

– No soy creyente; no creo que haya un diseño supremo que nos esté guiando la vida. Creo que la vida es terriblemente injusta, que hay ciertas cosas que no debieran ocurrir, que somos responsables de muchas de ellas y otras pasan porque pasan. Porque así como de repente pasan cosas buenas, pasan cosas malas. Y es parte de la existencia; de estar en un mundo y de ser mortal. En nuestra mortalidad somos inmensamente vulnerables a todo: a la muerte, al dolor, a los accidentes, al abandono, a la soledad, porque somos mortales y humanos. Entonces, las cosas ocurren y no tienen sentido. Para mí no tienen sentido.

 – ¿Has podido sanar tus procesos?

– Sí, porque una vez que aceptas eso, casi es lo mismo. Soy súper racional, pero por otro lado soy súper positiva, entonces siempre estoy mirando el lado bueno de las cosas; el vaso lleno. Hay dos cosas que agradezco en la vida: mi capacidad gigantesca de resiliencia y de siempre mirar hacia la luz. Tener plena conciencia de la oscuridad porque la veo, pero puedo dar vuelta la cabeza y mirar hacia la luz. Eso me ha salvado siempre.

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